Bailando con las musas

Bailando con las musas

Me enfrento a la página en blanco mientras suena The light she brings the Joep Beving y me pregunto dónde andarán las musas. Puedo imaginarlas ingrávidas como pompas de jabón contoneando su cuerpo. Entregadas a la risa del que no necesita perseguir a nada ni a nadie. Ajenas al bien y al mal, al éxito y al fracaso. Celebrando la perpetua primavera salidas del cuadro de Botticelli.

No se esconden, no escapan, no duermen, sólo bailan. Pero aún sabiendo que están, seguimos buscándolas. Son esas voces que nos susurran, son ese sexto sentido que echamos a un lado porque nadie nos enseñó a escuchar, son esos sueños que nos despiertan a media noche, son la tinta deseosa de contarnos más. Pero aún sabiendo que están, no nos permitimos creer.

Y es en esta danza improvisada cuando no puedo evitar acordarme de Isadora Duncan fundiéndose con las olas, el viento y los pájaros. La danza del espíritu decía, convencida de que no era su cuerpo el que bailaba sino su alma, su esencia.

El vaivén y su entrega al fluir de su pasión cobran sentido. Y pienso en lo a menudo que viajamos con el cuerpo y olvidamos el alma, lo a menudo que miramos hacia fuera y lo poco que lo hacemos hacia dentro, lo a menudo que buscamos la inspiración lejos de nosotros mismos.

Algunos quizá las llamaran musas, otros iluminación, otros ninfas o incluso ideas, pero lo cierto es que mientras las buscamos perdemos la oportunidad de bailar con ellas. Por suerte no tienen prisa, por suerte están de nuestro lado, por suerte seguirán esperando y tendiéndonos la mano hasta que nos entreguemos a nosotros mismos.

 

 

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